LA DEVOCIÓN AL BUEN PASTOR
La devoción al Buen Pastor es la exaltación de Jesucristo como el guía solícito y amoroso que cuida, alimenta y da la vida por sus ovejas y se basa en la parábola evangélica y en la promesa profética de que Dios mismo apacentaría a su rebaño. Esta devoción representa la confianza absoluta en la Divina Providencia y en la autoridad jerárquica de la Iglesia, reconociendo que Cristo sigue gobernando a su pueblo a través de los pastores legítimos. Es una piedad que invita a la docilidad, a la escucha de la voz del Maestro en medio del ruido de los falsos pastores y a la seguridad de que ninguna oveja será arrebatada de su mano.
El origen de esta devoción es apostólico, siendo una de las representaciones más antiguas de Cristo en las catacumbas romanas (siglos II y III), donde se le pintaba cargando la oveja perdida sobre sus hombros. La revelación de su importancia es bíblica, centrada en el capítulo 10 del Evangelio de San Juan; sin embargo, su resurgimiento como devoción estructurada para las almas se dio en el siglo XIX, especialmente con la fundación de congregaciones dedicadas al cuidado de las ovejas más extraviadas (pecadores y jóvenes en riesgo), recordando que el Pastor no ha venido a juzgar al mundo, sino a buscar lo que estaba perdido.
La consolidación litúrgica se estableció con el Domingo del Buen Pastor (actualmente el cuarto domingo de Pascua), un día dedicado a rezar por las vocaciones sacerdotales y el sostenimiento de la jerarquía. La Iglesia reconoció que la figura del Buen Pastor es el modelo perfecto para todo obispo y sacerdote, y que los fieles necesitan recordar constantemente que no caminan solos por el valle de sombras. Esta devoción fomenta la comunión entre el Pastor y las ovejas, subrayando que la pertenencia al redil de la Iglesia es la única garantía de seguridad frente a los lobos del error y la impiedad.
El Papa Pablo VI, en el año 1964, instituyó formalmente la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones en el Domingo del Buen Pastor, consagrando este día para que la Iglesia entera pida al Dueño de la mies que envíe obreros a su campo. La razón de esta consagración pontificia radicaba en la urgencia de proporcionar pastores según el corazón de Dios que continúen la obra de Cristo en la tierra: al centrar la mirada en el Buen Pastor, el Papa buscaba que los jóvenes respondieran con generosidad al llamado divino y que los fieles valoraran el don del sacerdocio como el canal por donde el Pastor alimenta a su rebaño.
La razón teológica de esta devoción reside en la solicitud redentora de Cristo, quien no solo indica el camino, sino que se hace camino y alimento. Al honrar al Buen Pastor, la Iglesia enseña que la autoridad cristiana es un servicio de amor que incluye el sacrificio de la propia vida. La celebración busca que el fiel comprenda su identidad como parte de una comunidad elegida y amada, invitándole a la obediencia filial a la Iglesia. Se exalta así el misterio de la voz de Cristo, que resuena a través de la Tradición y el Magisterio, guiando a las almas hacia los pastos de la eternidad y protegiéndolas del precipicio de la apostasía.
En la actualidad, el alma que desea cultivar esta devoción debe meditar frecuentemente el Salmo 22: El Señor es mi pastor y el capítulo 10 del Evangelio según San Juan. La práctica de rezar por el Papa y los obispos es un ejercicio indispensable de caridad cristiana; por ello, el estudio de la teología del sacerdocio y la lectura de las vidas de santos pastores como San Juan María Vianney permiten al católico tradicional mantenerse firme en la obediencia, reconociendo que bajo el báculo de Cristo nada nos falta y que Él es el único que puede conducirnos con seguridad a través de este mundo hasta el Reino de los Cielos.
ORACIÓN AL BUEN PASTOR
¡Oh Señor mío Jesucristo!,
Buen Pastor,
conservad a los justos,
justificad a los pecadores,
tened misericordia de todos los fieles
y sed propicio conmigo,
miserable y pobre pecador.
Amén.
ORACIÓN DE SAN AMBROSIO PARA LA PURIFICACIÓN DEL CLERO
¡Oh Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote!, que para lavar las manchas de nuestras almas quisiste derramar Tu Preciosísima Sangre; vuelve Tu mirada de misericordia hacia Tus ministros, a quienes has llamado a administrar Tus Sagrados Misterios.
Te pedimos, por intercesión de San Ambrosio, que purifiques sus corazones de todo afecto terrenal y de toda ambición de gloria humana. Que el fuego de Tu Amor consuma en ellos cualquier rastro de tibieza o de negligencia en el servicio del Altar. Concédeles, Señor, una conciencia rectísima y una voluntad inquebrantable para que, siendo limpios de cuerpo y de alma, puedan ofrecerte el Sacrificio incruento con manos puras y corazones encendidos. Que no se dejen seducir por las novedades del siglo ni por las lisonjas del mundo, sino que, cimentados en la fe de los Patriarcas y en la tradición de los Padres y Doctores de la Iglesia, sean luz en medio de las tinieblas y sal que preserve al rebaño de la corrupción del error. Amén.
(Inspirada en su tratado "De Officiis Ministrorum")
EL ROSARIO DEL BUEN PASTOR
Es un acto de altísima y sumamente sólida piedad reconocer en la figura de Cristo al Buen Pastor constituye el consuelo más grande para el rebaño fiel y, siguiendo el espíritu de San Ambrosio de Milán, Padre y Doctor de la Iglesia, quien en sus escritos sobre el ministerio sacerdotal exhortaba a los pastores a ser guías mansos pero firmes, este ejercicio de piedad busca implorar la luz del Espíritu Santo sobre quienes tienen la cura de almas.
El Rosario del Buen Pastor se reza con el rosario tradicional de cinco decenas y se comienza con la Señal de la Cruz:
Por la Señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Oración Inicial:
Señor mío Jesucristo, Buen Pastor que diste la vida por tus ovejas; me arrepiento de todas las veces que me he alejado de tu redil por el pecado y por tu infinita misericordia, te pido que limpies mi alma para que esta oración sea grata a tu Divina Majestad.
Ofrecimiento:
¡Oh Jesús!, Pastor Eterno de las almas; te ofrezco este Rosario del Buen Pastor por el Romano Pontífice, por los Obispos y Sacerdotes del mundo entero. Te pido, por intercesión de San Ambrosio, que les concedas el espíritu de sabiduría, la fortaleza de los mártires y una caridad ardiente para guiar al rebaño hacia los pastos de la vida eterna.
Primer Misterio: El Pastor que busca la oveja perdida.
Meditemos en la infinita paciencia de Cristo, quien no descansa hasta hallar al que se ha extraviado en el error. El Buen Pastor no aguarda pasivamente en el aprisco a que la oveja regrese por sus propios pasos, pues sabe que el error ciega el entendimiento y debilita la voluntad.
Cristo, el Verbo Encarnado, desciende a los abismos de nuestra miseria, se interna en las espesuras del pecado y atraviesa los desiertos de la indiferencia humana. Su paciencia no es mera espera, es una persecución de amor que no conoce el cansancio ni el desprecio, aunque la oveja se oculte entre las sombras de la soberbia o las espinas de los vicios. No hay precipicio tan hondo que Su brazo no alcance, ni maraña tan intrincada que Su gracia no logre deshacer.
Meditemos en la seguridad que nos da pertenecer a un Pastor que prefiere dejar a las noventa y nueve en la montaña de la seguridad para rescatar a una sola alma que agoniza en el engaño, pues para la Divina Majestad, el valor de una sola alma redimida por Su Sangre es infinito.
San Ambrosio enseñaba que las ovejas son llevadas sobre los hombros del Pastor para que no se fatiguen en el retorno; así, Cristo no viene a castigar el extravío con el látigo, sino a restaurar la semejanza divina con el peso de Su propia Cruz, cargando sobre Sí nuestras iniquidades para devolvernos al redil de la Verdad.
¡Oh feliz extravío que nos hace conocer la dulzura de ser buscados por Dios! No temas, alma pecadora, pues si tus pies te llevaron lejos, los pasos de tu Salvador son más largos y Su paciencia es eterna.
Rezar un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.
Segundo Misterio: El Pastor que conduce a aguas de reposo.
En el orden de la naturaleza, el pastor cuida de sus ovejas y las conduce a pastos verdes; más en el orden de la gracia, el Buen Pastor, Jesucristo, se hace Él mismo el Pasto Verdadero. No nos ofrece el fruto de la tierra, sino el Fruto de Su Vientre Virginal.
Consideremos que el cayado del Pastor no solo dirige, sino que golpea la roca de nuestra dureza para que broten las aguas de los Sacramentos. Desde el Bautismo, que nos injerta en el redil, hasta la Unción, que nos prepara para el descanso eterno, cada Sacramento es una caricia del Pastor que venda nuestras heridas y fortalece nuestros miembros.
El descanso del Buen Pastor solo se alcanza cuando el alma, iluminada por la luz de la fe, reconoce Su voz y se deja conducir. El error es una noche oscura, pero la paciencia de Cristo es el sol que nace de lo alto y el Sacramento de la Confesión es el bálsamo que limpia el lodo del camino, devolviendo a la oveja la blancura de la gracia para que pueda acercarse dignamente al banquete de la Eucaristía, donde el Pastor se funde con su oveja en una unión de amor místico que ni la muerte puede romper. El Pastor se hace alimento para que no desfallezcamos en el desierto de este mundo, donde los lobos del error y la concupiscencia acechan constantemente.
San Ambrosio predicaba que si cada vez que se derrama la Sangre de Cristo, se derrama para el perdón de los pecados, entonces debo recibirla siempre; es la medicina de la inmortalidad. Al comulgar, la oveja se reviste de la fortaleza del León de Judá, pues aquel que come de este Pan vivirá eternamente bajo el cayado del Pastor en el Reino que no tiene fin.
¡Oh mesa santísima, donde el Criador se hace comida del siervo! Admirable condescendencia del Buen Pastor, que para no perder a sus ovejas por el hambre, se las entrega a Sí mismo en el banquete del Amor.
Rezar un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.
Tercer Misterio: El Pastor que defiende al rebaño del lobo.
El demonio, conociendo que al herir al pastor se dispersan las ovejas, despliega contra los sacerdotes sus asechanzas más sutiles y violentas. El mundo, con sus lisonjas de vana gloria, sus promesas de comodidad y sus amenazas de desprecio, intenta que el pastor suelte el cayado de la verdad para abrazar las máximas del siglo. El mundo odia la luz porque sus obras son malas, y el sacerdote, al proclamar la ley divina, se convierte en una contradicción viviente para los soberbios.
Consideremos el martirio, no solo el de sangre, sino el del desprecio público y la calumnia que hoy sufren los sacerdotes y misiones que son fieles al Magisterio de la Santa Iglesia Católica. Pidamos para ellos la paciencia de los antiguos confesores de la fe, para que, frente a las leyes inicuas o la mofa de los impíos, permanezcan invictos, recordando que el siervo no es mayor que su Señor y que, si al Buen Pastor lo persiguieron, también lo harán con sus ministros.
La protección de los sacerdotes no descansa en las potencias humanas, sino en el auxilio de la Gracia y en la intercesión de la Iglesia que ora. La oración es el arma del sacerdote; pero nosotros, como pueblo fiel, debemos sostener sus brazos cansados, como hicieron con Moisés en el monte.
Oremos para que San Miguel Arcángel desenvaine su espada en favor de cada sacerdote alrededor del mundo, para que los Santos Ángeles Custodios los preserven de las trampas del error y para que la Santísima Virgen, Reina de los Apóstoles, los cubra con su manto inmaculado, haciéndolos inalcanzables a las garras del león rugiente que busca devorarlos.
San Ambrosio enseñaba que la Iglesia es como una nave que, en medio de las tempestades de este mundo, es combatida por las olas de las persecuciones; por tanto, el sacerdote, como piloto de esta barca, necesita una asistencia sobrenatural para no sucumbir ante el cansancio o el miedo.
¡Señor, no permitas que tus pastores desmayen ante la aspereza del camino! Que tu cayado y tu vara sean su consuelo, y que en medio de la persecución, su voz sea el trueno que anuncie tu gloria y su vida el sacrificio que aplaque tu justicia.
Cuarto Misterio: El Pastor que conoce a sus ovejas por su nombre.
La voluntad del Salvador, expresada en su oración sacerdotal, fue "que todos sean uno". Esta unidad entre el sacerdote y sus fieles no nace de simpatías humanas, sino de la gracia del Bautismo y del Orden Sagrado. La verdadera unión solo es posible bajo el imperio de la Verdad Revelada y no puede haber unidad en el error ni paz fuera del Magisterio de la Iglesia donde el pastor no es un extraño para sus ovejas, sino un padre que engendra para la vida eterna; y los fieles no son una multitud anónima, sino hermanos en la fe que sostienen el ministerio del presbítero. La obediencia no es esclavitud, sino la libertad de caminar por la senda segura que conduce a la patria celestial. Cuando los pastores enseñan con integridad la doctrina de los Apóstoles y los fieles la reciben con humildad, se cumple la promesa del Señor que dice que habrá un solo rebaño y un solo Pastor. Oremos para que el Espíritu Santo sople sobre la Iglesia, disipando los errores heréticos y cualquier espíritu de rebelión en los fieles o de mundanidad en los sacerdotes, para que, unidos en un solo espíritu, presentemos al mundo el testimonio invicto de la Jerusalén celestial. Consideremos la sentencia de San Ambrosio: Conoce a tus ovejas no por el número, sino por la caridad que les profesas. El buen pastor no es un frío administrador de multitudes, sino un médico que conoce cada llaga, un maestro que entiende cada duda y un intercesor que presenta cada necesidad ante el Trono de Dios. Esta caridad exige que el fiel no vea en el sacerdote a un simple hombre, sino al representante del mismo Cristo. San Ambrosio enseñaba que donde está la Iglesia, allí no hay división, sino una sola voz en la confesión de la Verdad; por tanto, la comunión entre el clero y el pueblo es el baluarte más firme contra las tempestades del siglo. Cuando el sacerdote ama con el Corazón de Jesús y el fiel responde con la docilidad de los santos, el redil se vuelve inexpugnable, pues el amor es el vínculo que impide que el lobo encuentre grietas por donde introducir el veneno de la discordia. ¡Oh Dios de la Paz!, une lo que está dividido y conserva lo que has unido. Que la caridad de los pastores inflame el corazón de los fieles, y que la obediencia de los fieles sea la corona de gloria de tus sacerdotes en el día de la eternidad.
Rezar un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.
Quinto Misterio: El Pastor que entrega el cayado a sus Apóstoles.
Meditemos sobre la dignidad real del Sacerdocio y la Sucesión Apostólica. El monarca gobierna sobre cuerpos y territorios temporales, pero el sacerdote tiene potestad sobre el Cuerpo Verdadero de Cristo y sobre la eternidad de las almas. Esta dignidad no proviene de méritos humanos, sino de la cadena ininterrumpida de la Sucesión Apostólica, donde cada sacerdote es un eslabón vivo que mantiene encendida la lámpara de la fe; si ese eslabón se debilita o se mundaniza, la luz se oscurece.
Consideremos la gravedad de la custodia de la Eucaristía. El Sacramento del Orden confiere al sacerdote la potestad exclusiva de confeccionar y distribuir el Pan de Vida. La historia de la piedad y los cánones antiguos enseñan que el contacto con las especies consagradas está reservado a las manos consagradas de los Sacerdotes. En esta meditación, pedimos que los sacerdotes recuperen el celo por el decoro eucarístico, reconociendo que la introducción de prácticas como la comunión en la mano o la delegación de la entrega del Cuerpo del Señor a quienes no han sido marcados por el carácter sacerdotal, constituye una disminución de la reverencia debida a la Divina Majestad. Oremos para que los pastores comprendan que delegar lo que les es propio puede convertirse en un camino de desensibilización hacia lo sagrado, facilitando así la labor de división que el enemigo de las almas promueve en el corazón del Santuario. Por ello, la Iglesia clama por vocaciones que no busquen el oficio como una profesión, sino como un holocausto de amor, reconociendo que sus manos han sido ungidas para tocar lo que los ángeles contemplan con temblor.
San Ambrosio enseñó que el honor del sacerdocio es tal, que no puede compararse con ninguna dignidad real"; por ello, en estos tiempos que vivimos, pidamos al Dueño de la mies que envíe obreros que sean verdaderos teólogos, es decir, hombres que hablen con Dios antes de hablar de Dios. El mundo no necesita administradores, sino Sacerdotes Santos que conozcan la Verdad sin rebajas ni compromisos con el siglo. Vocaciones que prefieran el martirio antes que la profanación de lo sagrado; jóvenes que, imbuidos del espíritu de San Ambrosio, sepan distinguir entre lo que pertenece al César y lo que pertenece exclusivamente a Dios.
Que la lámpara de la fe se mantenga encendida por sacerdotes con manos puras, labios que confiesen la integridad del Magisterio y corazones que adoren con el rostro en tierra la presencia real de Jesucristo en el Altar, único y eterno Pastor.
¡Señor de la Gloria!, guarda las manos de tus sacerdotes para que solo ellas entreguen a los fieles la Sagrada Eucaristía, que los Sacerdotes reconozcan la alteza de su ministerio y no permitan que la familiaridad con lo sagrado devenga en descuido, para que tu Cuerpo sea siempre tratado con el honor que merece el Rey de Reyes.
Rezar un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.
Habiendo terminado las cinco decenas del Rosario tradicional, rezamos las letanías del Rosario del Buen Pastor, por todos los Sacerdotes de la Iglesia.
Letanía por los Pastores de la Iglesia:
Buen Pastor de las almas, Ten piedad de nosotros.
Cristo, piedra angular de la Iglesia, Ten piedad de nosotros.
Cristo, puerta eterna del redil, Ten piedad de nosotros.
Cristo, Víctima y Sacerdote, Ten piedad de nosotros.
Cristo, que conoces a tus ovejas por su nombre, Ten piedad de nosotros.
Cristo, que das la vida por tu rebaño, Ten piedad de nosotros.
Santa María, Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Ruega por nosotros.
San José, protector de la Sagrada Familia y de la Iglesia, Ruega por nosotros.
San Miguel Arcángel, defensor del pueblo de Dios, Ruega por nosotros.
Santos Apóstoles y Evangelistas, Rogad por nosotros.
San Ambrosio, defensor de la libertad de la Iglesia y del honor del Altar, Ruega por nosotros.
San Carlos Borromeo, modelo de celo pastoral, Ruega por nosotros.
San Pío X, guardián de la integridad de la fe, Ruega por nosotros.
San Juan María Vianney, espejo de santidad sacerdotal, Ruega por nosotros.
Por el Romano Pontífice, para que sea siempre heraldo de la Tradición Católica y de la Verdad, Señor, ilumínalo.
Por los Cardenales y Obispos, para que gobiernen con la vara de la justicia y el bálsamo de la caridad, Señor, guíalos.
Por los sacerdotes que administran los Sagrados Misterios, para que lo hagan con manos puras, Señor, santifícalos.
Por los sacerdotes que conservan la Santa Tradición de la Iglesia Católica, Señor, dales fortaleza.
Por los confesores, para que sean reflejo de tu infinita misericordia, Señor, dales sabiduría.
Por los misioneros que llevan tu Nombre a tierras de infieles alrededor del mundo, Señor, protégelos.
Por los sacerdotes que sufren persecución y cárcel por tu Nombre, Señor, fortalécelos en la fe.
Por los sacerdotes tibios, que vacilan en su vocación o en la fe, Señor, guíalos.
Por los sacerdotes que son tentados por las máximas del mundo y el error, Señor, líbralos.
Por los sacerdotes ancianos y enfermos que ofrecen su dolor por el rebaño, Señor, consuélalos.
Por los sacerdotes agonizantes que hoy comparecerán ante tu Juicio, Señor, recíbelos.
Para que nos concedas Santos Sacerdotes y pastores según tu Corazón, Te rogamos, óyenos.
Para que multipliques las vocaciones santas en los seminarios, Te rogamos, óyenos.
Para que la Iglesia sea preservada de todo cisma y herejía, Te rogamos, óyenos.
Para que las misiones evangelizadoras alrededor del mundo enfrenten las herejías y sectas con valentía y fe, Te rogamos, óyenos.
Para que el clero y el pueblo formemos un solo cuerpo en la caridad, Te rogamos, óyenos.
Para que los fieles vivamos en humilde obediencia a la sana doctrina, Te rogamos, óyenos.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, Perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, Óyenos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, Ten piedad de nosotros.
Oración a Dios Padre Yahvé:
Padre Eterno, mira el Rostro de tu amado Hijo, Nuestro Señor Jesucristo y ten misericordia de los pastores que ha puesto al frente de Su Iglesia, para que iluminados por la Sabiduría Divina, permanezcan invictos ante las asechanzas del error y apacienten a las ovejas con la integridad de la sana doctrina, y que por la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre del Sumo Sacerdote, sean siempre fieles al Magisterio y ejemplos de santidad.
Salve Regina:
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve.
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva,
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Este Rosario del Buen Pastor lo he redactado para ser usado en el ámbito privado y cuenta con una estructura de meditación profunda donde se ruega a Dios por el fortalecimiento de la jerarquía de la Iglesia, por las vocaciones sacerdotales y para la salvación de las ovejas que se encuentran perdidas o sin pastor.
Autora: Karla Rouillon Gallangos
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