SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
La Virgen María, Madre de Dios, es la joya más pura de la creación. Elegida desde la eternidad para ser la Madre del Verbo Encarnado, su vida terrenal estuvo marcada por la sencillez, la obediencia y la plenitud de gracia.
Los santos la han llamado “la obra maestra de Dios” (San Alfonso María de Ligorio) y “la aurora que precede al Sol de justicia” (San Bernardo).
Vamos a recorrer con dulzura y reverencia los principales momentos de su vida: su infancia, su ingreso al Templo, su desposorio con San José y su maternidad hasta el hallazgo de Jesús en el Templo.
Según las visiones de la Beata Ana Catalina Emmerick, Santa María nació en Nazaret, hija de San Joaquín y Santa Ana, quienes habían esperado largamente la bendición de un hijo. Su nacimiento fue motivo de gozo celestial, pues en ella se cumplía la promesa de la mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente.
Desde pequeña, María se distinguió por su pureza y docilidad. Vivía en un hogar sencillo, rodeada de amor y oración. Sus padres la instruyeron en la Ley de Moisés, y ella, con inocencia y fervor, se consagraba a Dios en cada gesto.
San Juan Damasceno la describe como “la tierra virgen que dio fruto sin semilla”.
A los tres años, la niña María fue llevada al Templo de Jerusalén, donde permaneció hasta la edad de doce. La Beata Ana Catalina Emmerick narra que subió los escalones del Templo con firmeza, como quien sabe que se entrega por completo a Dios. Allí vivió en oración, estudio de las Escrituras y servicio humilde. Su vida era un continuo ofrecimiento, y su alma se llenaba de gracia.
San Bernardo afirma: “María fue el santuario del Espíritu Santo, donde Él habitó con plenitud”.
En el Templo, María se preparó para ser la Madre del Mesías, aunque aún no conocía la magnitud de su misión. Cuando llegó el momento de elegir esposo para María, los sacerdotes entregaron varas a los descendientes de David. La vara de San José floreció milagrosamente, y una paloma descendió sobre él, confirmando su elección. María aceptó con humildad este vínculo virginal, sabiendo que su vida estaba consagrada a Dios.
San Francisco de Sales describe este matrimonio como “la unión más pura y celestial que jamás existió”.
San José se convirtió en el custodio de María, y juntos vivieron en Nazaret, en pobreza y sencillez, preparando el misterio de la Encarnación.
La maternidad de María comenzó con el anuncio del ángel Gabriel y se consumó en Belén, donde dio a luz al Salvador en un pesebre. Su vida como madre estuvo marcada por la ternura y la contemplación.
La Beata Ana Catalina Emmerick relata que María guardaba cada gesto de Jesús en su corazón, y que su mirada estaba siempre fija en Él, reconociendo en su humanidad la gloria de Dios. En Nazaret, vivió la vida oculta, enseñando al Niño a rezar, a leer las Escrituras y a amar el trabajo.
San Alfonso María de Ligorio escribe: “María no sólo fue madre, sino maestra del Verbo hecho carne”.
El hallazgo del niño Jesús en el Templo, cuando tenía doce años, revela la profundidad de la misión de María. Ella, junto a San José, lo buscó con angustia, y al encontrarlo predicando entre los doctores de la Ley, comprendió que su Hijo debía ocuparse de las cosas del Padre. Este momento resume la vida de María: madre amorosa, pero siempre dispuesta a entregar a su Hijo a la voluntad divina. Su vida es modelo de pureza, obediencia y amor silencioso.
Como dijo San Bernardo: “De María nunca se dirá bastante”.
Ella es la Madre de Dios y la Madre de la Iglesia, ejemplo eterno de fidelidad y dulzura.
Autora: Karla Rouillon Gallangos
ORACIONES A SANTA MARÍA
El Magnificat.
(Lc. 1, 46-55)
Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono, y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.
Bendita sea tu pureza.
Bendita sea tu pureza,
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial Princesa,
Virgen sagrada María,
yo te ofrezco en este día
alma, vida y corazón;
mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía.
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Que Dios les conceda, a través del Arcángel San Miguel, las Gracias que necesiten.
Que Dios les conceda a todos la Gracia de una verdadera conversión y una sincera confesión.
Karla Rouillon Gallangos
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