LA DEVOCIÓN A LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
La devoción a la Transfiguración de Jesús es la contemplación de la gloria divina de Jesucristo manifestada en el Monte Tabor ante sus apóstoles predilectos: Pedro, Santiago y Juan.
Esta festividad representa un anticipo de la Resurrección y de la gloria venidera de todos los justos, ofreciendo un consuelo espiritual antes de los padecimientos del Calvario.
El origen de esta celebración se halla en las Iglesias Orientales desde los primeros siglos, siendo posteriormente practicada en los monasterios de Occidente. La revelación de su importancia espiritual se basa en el relato evangélico donde la voz del Padre que confirma "Este es mi Hijo amado, escuchadle". La Transfiguración de Jesús nos revela que Jesús es verdaderamente Dios, Luz de Luz, y que su humanidad está impregnada de la divinidad, invitándonos a buscar la transformación interior mediante la gracia para participar un día de esa misma luz beatífica.
La Iglesia Católica celebra la Solemnidad de la Transfiguración del Señor cada 6 de agosto, en conmemoración de la victoria cristiana en la Batalla de Belgrado contra los otomanos en 1456. La noticia de la victoria llegó a Roma el día 6 de agosto, interpretándose el triunfo como una señal de la protección divina vinculada a este misterio de luz que vence a las tinieblas, siendo elevada de Festividad a Solemnidad en el Calendario Romano en 1457 por el Papa Calixto III, en acción de gracias.
La consolidación litúrgica se produjo cuando el Papa Calixto III, en el mismo año 1457, extendió la Solemnidad de la Transfiguración de Jesús a toda la Iglesia Universal. Con este acto, la autoridad apostólica quiso perpetuar la gratitud por la liberación de Europa y elevar la mirada de los fieles hacia la soberanía espiritual de Cristo. La Iglesia reconoció que la meditación sobre la gloria del Monte Tabor era necesaria para sostener la esperanza durante los tiempos de prueba y persecución, recordando que la Cruz no es el final del camino, sino la puerta estrecha que conduce a la exaltación eterna.
En esta fecha, la fiesta puede caer dentro del Tiempo Ordinario, pero se celebra con la solemnidad propia de un misterio del Señor, utilizando ornamentos de color blanco, símbolo de la luz purísima que irradiaron sus vestiduras en el Monte Tabor.
La
razón teológica de esta devoción reside en la confirmación de la divinidad de
Jesús y en la unidad de los dos testamentos, representados por Moisés y Elías.
Al honrar la Transfiguración de Jesús, la Iglesia enseña que la gracia no destruye la
naturaleza, sino que la perfecciona y la eleva. La celebración busca que el
fiel comprenda que está llamado a la deificación, es decir, a participar de la
naturaleza divina de Cristo mediante la vida sacramental. Se exalta así el
misterio de la luz tabórica como la meta de la vida espiritual, donde el alma,
tras subir al monte de la oración, contempla la belleza de Dios que sacia todos
los deseos del corazón humano.
En la actualidad, el alma que desea cultivar esta devoción debe acudir a las enseñanzas de los Padres y Doctores de la Iglesia y a las meditaciones litúrgicas de la Iglesia Católica sobre el esplendor de Cristo. La práctica de la oración contemplativa es un ejercicio indispensable para vislumbrar la gloria del Señor en medio de las ocupaciones diarias; por ello, el estudio de la teología de la luz y la lectura de los sermones de los santos sobre este misterio nos permiten mantenernos firmes en la fe, reconociendo que la Transfiguración de Jesús es el faro que ilumina nuestro peregrinaje terrenal hacia la patria celestial.
TRIDUO EN HONOR A LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
Se inicia el rezo del Triduo en honor a la Transfiguración del Señor con la señal de la Santa Cruz, El Credo, Un Padrenuestro, Tres Ave Marías y Un Gloria.
Por la Señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre. del Hijo y del Espíritu Santo.
El Credo
Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.
Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por Quien todo fue hecho, que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.
Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.
Creo en la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.
Padre nuestro
Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día danos hoy; perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Ave María (3)
Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en un principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Oración Inicial
¡Oh Dios Omnipotente! que en el Monte Tabor revelaste a los Apóstoles una ráfaga de Tu gloria infinita para sostener su fragilidad ante el escándalo de la Cruz; te pedimos que esta meditación ilumine nuestro entendimiento con la luz de la verdadera fe, reconocemos que la blancura de Tus vestiduras y el resplandor de Tu Rostro son apenas un vislumbre de la visión beatífica que aguarda a los justos en la eternidad. Aquello que Pedro, Santiago y Juan contemplaron por un breve instante bajo el velo de la carne, nosotros esperamos poseerlo perpetuamente en la patria celestial, donde ya no habrá sombras ni figuras, sino la posesión plena de la Verdad que sacia toda sed del corazón humano.
Concédenos, Señor, la gracia de no quedar prendados de los errores y engaños de nuestro tiempo, y de caminar siempre con los ojos del espíritu fijos en la cumbre de la Patria Celestial, para que la esperanza de contemplarte cara a cara, tal como eres, nos dé la fortaleza necesaria para abrazar las tribulaciones del tiempo presente, sabiendo que los sufrimientos de esta vida no tienen comparación con la gloria que en nosotros ha de revelarse. Que la Transfiguración sea para nosotros un imán que nos atraiga hacia la santidad, purificando nuestros sentidos para que, al final de nuestro peregrinaje, podamos entrar en esa luz inaccesible donde Tú vives y reinas por los siglos de los siglos.
"¡Oh Señor!, que yo te conozca a Ti y que me conozca a mí, para que en Tu luz vea la luz eterna." (San Agustín).
Día Primero: El Sacramento de la Segunda Regeneración
Meditamos hoy en la necesidad de la Transfiguración de Jesús como el faro que señala nuestra futura glorificación. Santo Tomás de Aquino nos enseña con precisión teológica que era conveniente que Cristo manifestara Su claridad divina para que los hombres conocieran la naturaleza de la bienaventuranza a la que han sido llamados por la gracia. Este misterio constituye el sacramento de la segunda regeneración, pues así como en el Bautismo fuimos engendrados a la vida del espíritu, en el Monte Tabor se nos muestra la prefiguración de nuestra propia resurrección final, donde nuestros cuerpos mortales serán revestidos de la misma luz que irradió el Salvador, transformando nuestra miseria en el esplendor de Su Cuerpo glorioso.
Pedimos, por intercesión de Santo Tomás de Aquino, que comprendamos que la Transfiguración de Jesús no fue un acto de vana exhibición, sino una instrucción necesaria para el rebaño, estableciendo que la meta del cristiano es la unión deificada con Dios. Que esta certeza de la resurrección futura nos impulse a vivir con la dignidad de quienes se saben templos del Espíritu Santo, custodiando la pureza del alma y del cuerpo como preparación para el banquete eterno. Que al considerar que estamos destinados a la gloria, despreciemos las ofertas del pecado y busquemos únicamente aquello que nos conduce a la perfección de la caridad, en la obediencia total a los mandamientos de la Iglesia Católica y al ejemplo de Cristo Buen Pastor.
"Concédeme, Señor Dios mío, una inteligencia que te conozca, un corazón que te busque y una santidad que te posea." (Santo Tomás de Aquino).
Se reza un Padrenuestro, tres Ave Marías y un Gloria.
Día Segundo: El Triunfo sobre el Escándalo de la Cruz
Consideramos en este segundo día la divina estrategia de la Transfiguración de Jesús para desterrar el miedo del corazón de los elegidos, ya que el fin principal del Tabor fue preparar a los Apóstoles para la ignominia del Calvario, mostrándoles que la bajeza de la Pasión, los azotes y las espinas, no alterarían en lo más mínimo la majestad intrínseca de la Gloria divina que el Hijo posee desde la eternidad. Al ver a Cristo en Su esplendor, Pedro, Santiago y Juan debían comprender que el sacrificio de la Cruz sería un acto de voluntad libre y soberana, un paso necesario para la redención, y no una derrota ante las potestades del mundo o las asechanzas del demonio.
Meditamos a la luz de las enseñanzas de San León Magno, en las condiciones necesarias que tenían estos apóstoles para ser admitidos a esta visión: la fe firme de Pedro, el celo ardiente de Santiago y la predilección pura de Juan. Solo ellos tres estaban con Jesús, y el temor que hizo caer a los Apóstoles sobre sus rostros al suelo al escuchar la voz del Padre desde la nube luminosa nos recuerda la distancia infinita que existe entre la criatura limitada y la Majestad del Creador.
Te pedimos, Señor, que ese mismo temor santo nos preserve de toda familiaridad irrespetuosa con lo sagrado, especialmente ante el Altar, para que reconozcamos en la humildad de la Sagrada Eucaristía al mismo Dios ante el cual los ángeles cubren sus rostros en señal de adoración y reverencia absoluta.
"Señor, que nuestra fe no se turbe ante la Cruz, sino que reconozca en ella el trono de Tu gloria." (San León Magno).
Se reza un Padrenuestro, tres Ave Marías y un Gloria.
Día Tercero: El Sol de la Divinidad que rasga el Velo
Contemplemos cómo el sol de la divinidad rasgó el velo de la humanidad de Cristo en la cumbre del monte. San Efrén de Siria, la Cítara del Espíritu Santo, vincula magistralmente el Monte Tabor con el Sinaí, señalando que mientras en el monte de Moisés imperaban el fuego, los rayos y el terror ante la Ley, en el monte de la Transfiguración encontramos únicamente luz, consuelo y la presencia amable del Salvador. Aquí, la Ley y los Profetas, representados en Moisés y Elías, se inclinan ante el Autor de la Gracia, reconociendo que el tiempo de las sombras ha pasado para dar paso al día sin ocaso de la Nueva Alianza, donde Dios ya no habla desde la tempestad, sino desde el Rostro radiante de Su Hijo amado.
Imploramos, que este misterio ilumine nuestras almas para que sepamos ver a Cristo presente en medio de las oscuridades de nuestra vida cotidiana y que la luz del Monte Tabor disipe las tinieblas del error doctrinal y de la duda, recordándonos que el velo de la carne y de las apariencias sacramentales oculta una realidad divina que es nuestra verdadera herencia. Que el consuelo recibido en esta meditación nos dé alas para volar sobre las pasiones terrenales y nos convierta en portadores de esa luz para nuestros hermanos, manteniendo siempre encendida la lámpara de la fe hasta que el Buen Pastor nos llame a Su redil eterno, donde no habrá ni sol ni luna, porque Tu claridad, Señor, lo iluminará todo por siempre.
"¡Oh Jesús!, que Tu luz sea mi vestido y Tu verdad mi escudo en el camino hacia la vida eterna." (San Efrén de Siria).
Se reza un Padrenuestro, tres Ave Marías y un Gloria.
Se termina el triduo con el Salve Regina y la señal de la Santa Cruz.
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve.
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva,
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Este Triduo, lo he redactado para ser usado en el ámbito privado y rezado con espíritu de reparación y amor a la Divina Majestad, es un medio eficaz para obtener la claridad del juicio y la firmeza en la fe.
Autora: Karla Rouillon Gallangos
HIMNO A LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
(Atribuido a San Efrén de Siria)
"El Sol de la justicia, que permanecía oculto tras el velo de la carne, rasgó hoy Su vestidura de humildad para herir de luz la cumbre del Tabor. Oh, qué espectáculo tan terrible y gozoso: la divinidad, que los cielos no pueden contener, se dejó ver por un instante en el rostro de un Hombre, para que el hombre supiera que está llamado a ser Dios por participación. Las vestiduras de Cristo se volvieron blancas como la nieve, no por el arte del batanero, sino porque la luz interior del Verbo inundó la materia, santificando la creación entera en Su Cuerpo glorioso.
Considerad cómo los Apóstoles cayeron por tierra, pues la carne mortal no puede sostener el peso de la Gloria eterna sin el auxilio de la gracia. En el Sinaí, el pueblo temblaba ante el fuego y el trueno, pero en el Tabor, el fuego se ha hecho luz dulce y el trueno se ha convertido en la voz del Padre que proclama Su amor. Cristo es el puente entre el cielo y la tierra, el Pastor que transfigura a Sus ovejas revistiéndolas de Su propio esplendor, para que ya no teman a las sombras de la muerte.
Moisés salió de su sepulcro y Elías descendió de su carro de fuego para rendir homenaje al que es el Autor de la vida y el Señor de la historia. Allí estaban los dos extremos de los tiempos: el que vio a Dios en la zarza ardiente y el que subió al cielo en un torbellino, ambos reconociendo que sus visiones eran solo sombras de este Rostro que ahora contemplan. La Ley y los Profetas se inclinan ante el Evangelio, y el Sinaí entrega sus llaves al Tabor, porque Aquel que dio la Ley es el mismo que ahora la cumple con la entrega de Su Sangre."
Oremos para que la luz de San Efrén de Siria ilumine nuestras oscuridades y nos conceda un corazón puro para ver a Dios en los misterios de Su Iglesia.
Que la Transfiguración de Jesús sea nuestro refugio contra el error, recordándonos que tras las apariencias de pan y de vino en el Altar, palpita la misma Gloria que hizo estremecer el monte santo.
Que por intercesión de San Efrén, "la Cítara del Espíritu Santo", nuestras vidas se conviertan en un himno de alabanza a la Santísima Trinidad, esperando el día en que la luz del Monte Tabor sea nuestro sol perpetuo en el Reino de los Cielos.
"¡Oh Jesús!, que Tu luz sea mi vestido y Tu verdad mi escudo en el camino hacia la vida eterna." (San Efrén de Siria).
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Karla Rouillon Gallangos
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