El Año Litúrgico: Tiempo Ordinario ♥


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El Año Litúrgico de la Iglesia Católica es un camino espiritual que organiza la vida de los fieles en torno a los grandes misterios de la fe.  

El Año Litúrgico es una pedagogía espiritual que guía al creyente en un proceso de conversión y crecimiento interior. Con sus ciclos de preparación, celebración y contemplación, ofrece un marco para que la comunidad cristiana viva en unidad y esperanza, recordando que la vida cotidiana se ilumina desde el misterio pascual; de esta manera, el calendario litúrgico se convierte en un verdadero itinerario de fe, donde cada celebración es una oportunidad para renovar la relación con Dios y con la Iglesia.

El año litúrgico no sigue exactamente el calendario civil, sino que organiza la vida de la Iglesia en torno a los misterios de Cristo y la historia de la salvación. Comienza con el tiempo de Adviento y culmina con la solemnidad de Cristo Rey. 

A lo largo del Año Litúrgico, la Iglesia invita a recorrer, año tras año, la historia de la salvación, reviviendo la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. 

Se estructura en ciclos y tiempos litúrgicos que conmemoran los principales misterios de la vida de Cristo: Adviento, Navidad, Tiempo Ordinario, Cuaresma, Pascua y Pentecostés, cada uno con su propio sentido espiritual, celebraciones y colores litúrgicos. Cada tiempo posee un color, un ritmo y unas celebraciones propias que ayudan a profundizar en la experiencia cristiana.

Hoy les hablaré sobre el Quinto Tiempo del Año Litúrgico: Tiempo Ordinario.


EL TIEMPO ORDINARIO


El Tiempo Ordinario en la Iglesia Católica es el período del año litúrgico que no está marcado por celebraciones de carácter preparatorio o festivo como el Adviento, la Navidad, la Cuaresma, la Pascua o Pentecostés. 

Lejos de ser un tiempo “vacío”, constituye la etapa en la que los cristianos son invitados a vivir la cotidianidad iluminada por la fe, profundizando en el seguimiento de Cristo y en su enseñanza. 

El Tiempo Ordinario se divide en dos momentos distintos: el primero, entre el Bautismo del Señor y el inicio de la Cuaresma; y el segundo, desde Pentecostés hasta el Adviento. 

El color litúrgico es el verde, símbolo de esperanza y crecimiento espiritual.

En el primer momento del Tiempo Ordinario, la Iglesia centra la atención en la vida pública de Jesús: sus milagros, sus parábolas y su predicación del Reino. Es un tiempo para contemplar cómo Cristo se hace cercano en lo cotidiano, enseñando a través de gestos sencillos y palabras que transforman. La Iglesia espera que los cristianos, en este período, aprendan a reconocer la presencia de Dios en la vida diaria, en los encuentros humanos y en las tareas comunes. Así como el Adviento enseña la espera vigilante, este primer tramo del Tiempo Ordinario enseña la escucha constante y la apertura a la Palabra que se hace vida.

La espiritualidad de este primer momento se caracteriza por la invitación a crecer en la fe y en la práctica de las virtudes. Los santos han subrayado la importancia de este tiempo como escuela de perseverancia. San Francisco de Sales, por ejemplo, insistía en que la santidad se encuentra en lo ordinario, en la fidelidad a las pequeñas cosas de cada día. San Josemaría Escrivá hablaba de la “santidad en la vida corriente”, recordando que el seguimiento de Cristo no se limita a los grandes momentos litúrgicos, sino que se vive en la rutina transformada por el amor. De este modo, el Tiempo Ordinario se convierte en un espacio privilegiado para aprender a ser discípulos en lo cotidiano.

El segundo momento del Tiempo Ordinario comienza después de Pentecostés y se prolonga hasta el inicio del Adviento. En este período, la liturgia invita a los fieles a contemplar el misterio de la Iglesia nacida del Espíritu y enviada al mundo. Se proclaman textos que muestran la misión de los discípulos, la enseñanza sobre el Reino y la llamada a la conversión permanente. La Iglesia espera que los cristianos vivan este tiempo como una oportunidad para ser testigos en medio de la sociedad, llevando la luz de la Pascua y la fuerza del Espíritu a la vida diaria.

Este segundo tramo se caracteriza por la continuidad y la maduración. Así como el Adviento prepara la venida del Señor, el Tiempo Ordinario después de Pentecostés prepara el corazón para reconocer su presencia en la historia y en la comunidad. Es un tiempo de crecimiento espiritual, de compromiso con la misión y de perseverancia en la oración. La Iglesia invita a los fieles a no perder la intensidad de la Pascua, sino a prolongarla en la vida cotidiana, haciendo de cada día una ocasión para vivir la fe con coherencia y alegría.

Los santos han escrito con profundidad sobre este segundo momento del Tiempo Ordinario. San Agustín recordaba que “en la vida ordinaria se prueba la verdadera caridad”, porque es allí donde se ejercita la paciencia, la humildad y el amor constante. Santa Teresa de Lisieux veía en lo cotidiano la oportunidad de ofrecer a Dios pequeños actos de amor que, unidos, tienen un valor inmenso. 

Así, el Tiempo Ordinario, en sus dos momentos, se convierte en el espacio donde la fe se hace vida, donde la esperanza se cultiva y donde la santidad se construye día a día, en la sencillez de lo común y en la grandeza de lo eterno.


Autora: Karla Rouillon Gallangos


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Que Dios les conceda, a través del Arcángel San Miguel, las Gracias que necesiten.

Que Dios les conceda a todos la Gracia de una verdadera conversión y una sincera confesión.

Karla Rouillon Gallangos

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