El Año Litúrgico: Pentecostés ♥

 krouillong karla rouillon gallangos Pentecostes La Venida del Espiritu Santo

El Año Litúrgico de la Iglesia Católica es un camino espiritual que organiza la vida de los fieles en torno a los grandes misterios de la fe.  

El Año Litúrgico es una pedagogía espiritual que guía al creyente en un proceso de conversión y crecimiento interior. Con sus ciclos de preparación, celebración y contemplación, ofrece un marco para que la comunidad cristiana viva en unidad y esperanza, recordando que la vida cotidiana se ilumina desde el misterio pascual; de esta manera, el calendario litúrgico se convierte en un verdadero itinerario de fe, donde cada celebración es una oportunidad para renovar la relación con Dios y con la Iglesia.

El año litúrgico no sigue exactamente el calendario civil, sino que organiza la vida de la Iglesia en torno a los misterios de Cristo y la historia de la salvación. Comienza con el tiempo de Adviento y culmina con la solemnidad de Cristo Rey. 

A lo largo del Año Litúrgico, la Iglesia invita a recorrer, año tras año, la historia de la salvación, reviviendo la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. 

Se estructura en ciclos y tiempos litúrgicos que conmemoran los principales misterios de la vida de Cristo: Adviento, Navidad, Tiempo Ordinario, Cuaresma, Pascua y Pentecostés, cada uno con su propio sentido espiritual, celebraciones y colores litúrgicos. Cada tiempo posee un color, un ritmo y unas celebraciones propias que ayudan a profundizar en la experiencia cristiana.

Hoy les hablaré sobre el Cuarto Tiempo del Año Litúrgico: Pentecostés.


PENTECOSTÉS


El tiempo de Pentecostés en la Iglesia Católica celebra la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo, cincuenta días después de la Resurrección de Cristo. 

Es considerado el nacimiento de la Iglesia, pues a partir de ese momento los discípulos, fortalecidos por el Espíritu, comenzaron a anunciar el Evangelio con valentía y a extender la misión de Cristo por todo el mundo. 

La liturgia de este día se reviste de color rojo, símbolo del fuego del Espíritu y del amor divino que transforma y renueva. 

Es una fiesta de plenitud, porque culmina el tiempo pascual y abre la vida de la Iglesia a la acción constante del Espíritu Santo.

La Iglesia espera de los cristianos en Pentecostés una apertura sincera a la acción del Espíritu, que no solo se recuerda como un acontecimiento pasado, sino que se actualiza en cada generación. Se nos invita a pedir los dones del Espíritu —sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios— para que nuestra vida sea testimonio vivo de la fe. Pentecostés es también un llamado a la unidad, pues el Espíritu que descendió sobre los apóstoles los reunió en un mismo corazón y los impulsó a superar las divisiones. La Iglesia espera que los fieles vivan este tiempo como una renovación interior y comunitaria.

Aunque el Adviento es un tiempo distinto, su pedagogía de espera y preparación ilumina también la vivencia de Pentecostés. En Adviento se espera la venida del Señor; en Pentecostés se celebra la venida del Espíritu. Ambos tiempos enseñan que la vida cristiana se fundamenta en la vigilancia, en la apertura y en la esperanza. Así como en Adviento se prepara el corazón para recibir al Niño Dios, en Pentecostés se prepara el alma para acoger la fuerza transformadora del Espíritu. La dinámica de espera y cumplimiento se repite, mostrando que el año litúrgico es un camino continuo de preparación y plenitud.

Los santos han escrito con gran fervor sobre Pentecostés. San Juan Crisóstomo afirmaba que “el Espíritu vino no para unos pocos, sino para todos, porque la Iglesia es universal”. San Agustín enseñaba que “el Espíritu Santo es el amor que une al Padre y al Hijo, y que nos une a nosotros en la Iglesia”. Santa Teresa de Ávila veía en Pentecostés la confirmación de que la oración abre el alma a la acción divina, y que el Espíritu es quien da fuerza para perseverar en el camino. San Juan Pablo II lo describía como “la fiesta de la misión”, porque el Espíritu impulsa a los cristianos a salir de sí mismos y anunciar el Evangelio.

Pentecostés es también un tiempo de renovación personal. La Iglesia invita a los fieles a dejarse transformar por el fuego del Espíritu, que purifica, ilumina y fortalece. Es una ocasión para revisar la vida, para pedir la gracia de la unidad en la familia, en la comunidad y en la sociedad. El Espíritu Santo es quien da vida a la Iglesia, quien la guía en medio de las dificultades y quien la sostiene en su misión. Por eso, Pentecostés no es solo un recuerdo, sino una experiencia actual que se renueva cada año en la liturgia y en la vida de los creyentes.

En definitiva, Pentecostés es la fiesta de la plenitud, de la misión y de la unidad. Es el momento en que la Iglesia recibe la fuerza para ser testigo de Cristo en el mundo. Así como Adviento prepara la venida del Señor y la Navidad celebra su nacimiento, Pentecostés celebra la presencia viva del Espíritu que anima y guía.

Los cristianos son llamados a vivir este tiempo con alegría, con apertura y con compromiso, sabiendo que el Espíritu Santo es el gran protagonista de la vida de la Iglesia y de la historia de la salvación.


Autora: Karla Rouillon Gallangos


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Que Dios les conceda, a través del Arcángel San Miguel, las Gracias que necesiten.

Que Dios les conceda a todos la Gracia de una verdadera conversión y una sincera confesión.

Karla Rouillon Gallangos

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