Patriarca San José
Vamos a recorrer con dulzura y reverencia la vida de San José, desde su juventud hasta el tránsito hacia su muerte, iluminada por las revelaciones de la Beata Ana Catalina Emmerick y por el testimonio de los Santos y Papas de la Iglesia Católica.
I. Orígenes y Juventud: El Silencio de la Virtud.
Según las visiones de la Beata Ana Catalina Emmerick, San José nació en Belén, descendiente de la casa de David. Su padre se llamaba Jacob, y vivían en una casa que había pertenecido a Jessé, padre de David. Desde joven, José se distinguió por su amor al trabajo manual, su pureza y su vida de oración. Era considerado por algunos como “demasiado simple” pero su alma estaba adornada con las más altas virtudes.
San Bernardino de Siena afirma que José fue santificado en el seno materno, como lo fue San Juan Bautista, y que vivió en castidad perfecta desde su juventud. Su vida era un continuo ofrecimiento a Dios, en espera del cumplimiento de las promesas mesiánicas. De él nos dice: “San José fue elegido por el Padre eterno como custodio fiel de sus tesoros más preciosos: su Hijo y su esposa. Esta elección lo honra más que cualquier otro santo después de María.”
II. El Desposorio con la Virgen María: Misterio de Pureza y Providencia.
El desposorio entre San José y la Santísima Virgen María fue un acto profundamente guiado por la Providencia Divina. La Beata Ana Catalina Emmerick relata que, cuando se buscaba esposo para la Virgen María, aún muy jovencita fue presentada en el Templo para elegir esposo, según la costumbre. Los sacerdotes convocaron a los varones solteros de la casa de David y a cada uno se le entregó una vara y oraron por una señal del Cielo para discernir al elegido.
San José recibió su vara con temblor y oración. Ante la mirada de todos, su vara floreció milagrosamente y de ella brotó una blanca azucena, símbolo de su castidad y elección divina. Además, según la visión, una paloma descendió sobre él, confirmando su pureza y elección como esposo de la Virgen María.
Así comenzó su vida como esposo virginal, modelo de obediencia y silencio, en quien Dios confió a la Virgen María y al Niño Jesús.
San Francisco de Sales escribe: “¡Oh, qué unión tan santa! ¡Qué casto matrimonio! ¡Qué vida tan celestial!” José fue el más amante de los esposos, el más tierno de los padres, el más fiel de los servidores.”
Con este vínculo virginal, San José se convirtió en el guardián del mayor tesoro de la humanidad: la Madre de Dios.
III. Protector de la Sagrada Familia: Fidelidad en la Prueba.
La vida de San José junto a Santa María y el Divino Niño Jesús fue una peregrinación de fe como el protector de la Sagrada Familia en la prueba.
Después de la adoración de los Magos, el peligro se cernía sobre el Divino Niño Jesús. Herodes, turbado por la noticia del nacimiento del “Rey de los judíos”, tramaba su muerte. San José recibió en sueños la visita de un ángel del Señor, quien le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (Mt 2,13).
Desde el anuncio del ángel en sueños, San José protegió a la Sagrada Familia en la huida a Egipto y fue el escudo silencioso que protegió al Verbo Encarnado.
San José recogió lo necesario y partió con la Virgen María y el Divino Niño Jesús hacia Egipto. La Beata Ana Catalina Emmerick describe este viaje como arduo y lleno de privaciones. El camino era desconocido, el desierto era implacable. No había posadas ni sombra, sólo arena abrasadora de día y frío penetrante de noche. San José montaba una pequeña tienda con su manto, y el calor que abrigaba a la Sagrada Familia era el fuego de su caridad y fe.
Durante el trayecto, San José guiaba con firmeza, confiando en las indicaciones del ángel. Santa María llevaba en brazos al Divino Niño Jesús, y juntos meditaban las maravillas de Dios. San José, como verdadero padre, protegía, consolaba y servía, en silencio.
Ya en Egipto, se establecieron en una casa sencilla, posiblemente en Heliópolis o en las cercanías de El Cairo, según algunas tradiciones. Vivieron en pobreza, pero con dignidad. San José trabajaba como carpintero, y su fama de hombre trabajador y justo se extendió entre los locales. El Divino Niño Jesús crecía en sabiduría y gracia, y Santa María conservaba todo en su corazón.
La presencia de la Sagrada Familia santificó aquella tierra pagana y muchos fueron tocados por su ejemplo.
Pasado un tiempo, el ángel volvió a aparecer en sueños a San José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque ya han muerto los que querían matar al niño” (Mt 2,20). San José obedeció nuevamente, y al saber que Arquelao reinaba en Judea, decidió establecerse en Nazaret, cumpliendo así las profecías: “Será llamado Nazareno” (Mt 2,23).
En Nazaret, San José vivió como carpintero. Enseñó a Jesús el oficio de carpintero, formando al Verbo en su humanidad. Allí enseñó a Jesús el oficio, no sólo con herramientas, sino con ejemplos de paciencia, laboriosidad y rectitud. El Divino Niño Jesús, en su humanidad, aprendió de San José a amar el trabajo y a respetar la creación.
La Beata Ana Catalina Emmerick, una religiosa agustina alemana del siglo XIX, conocida por sus revelaciones sobre la vida oculta de Jesús, Santa María y San José relató que, un día, mientras vivían en Nazaret, el Divino Niño Jesús, con la inocencia propia de su edad pero con la sabiduría divina que lo habitaba, tomó unos trozos de madera en el taller de San José y construyó una pequeña cruz. Lo hizo con naturalidad, como si fuera un juego, pero con una profunda intención profética. San José, al ver aquella cruz en manos de su Hijo, se estremeció. Su alma, iluminada por la gracia, comprendió que ese símbolo no era casual. Sintió una tristeza santa, una mezcla de dolor y reverencia, pues intuía que aquel Niño que él había criado con tanto amor estaba destinado a sufrir por la redención del mundo.
La Beata Ana Catalina Emmerick describe que Santa María también presenció el momento, y aunque no dijo nada, guardó ese gesto en su corazón, como tantas otras señales del misterio de la Pasión que se iba revelando poco a poco. La escena está impregnada de silencio, ternura y una anticipación dolorosa del sacrificio redentor.
Este episodio, aunque no aparece en los Evangelios, ha sido recogido por la tradición espiritual como una muestra de cómo la vida oculta en Nazaret estaba ya orientada hacia el Calvario, y cómo San José, en su papel de padre y protector, vivió también una forma de participación anticipada en la Pasión de Cristo.
IV. La "buena muerte" Santa de San José: Tránsito en los Brazos de Jesús y María.
La Iglesia ha venerado desde antiguo la muerte de San José como modelo perfecto de una “buena muerte”. Siendo el esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesús, se presume que murió antes del inicio de la vida pública del Señor, en Nazaret, rodeado por los dos corazones más puros que han existido: el de María y el del Verbo Encarnado.
San Alfonso María de Ligorio escribió con ternura: “¡Qué consuelo para San José morir asistido por Jesús y María! ¡Qué dicha para él cerrar sus ojos en los brazos del Salvador!”
San Francisco de Sales, por su parte, lo llama: “El más feliz de los hombres, porque murió en los brazos de Jesús y María.”
La Beata Ana Catalina Emmerick describe el momento del tránsito de San José como lleno de luz y paz. San José, rodeado por el amor de la Sagrada Familia, entregó su alma en silencio, como había vivido. San José murió en paz, en su lecho humilde, con Jesús a su lado sosteniéndole la mano, y María consolándolo con palabras de esperanza. No hubo dolor sino una entrega serena, como quien sabe que ha cumplido su misión. El ambiente estaba lleno de luz sobrenatural y los Santos Ángeles acompañaban a la Sagrada Familia.
Por esta razón, San José es invocado como patrono de los moribundos, protector en el último tránsito, y modelo de confianza en Dios. Su muerte no fue pública ni gloriosa, pero fue la más santa, porque ocurrió en el silencio del hogar, en la intimidad del amor divino.
San José es el santo del silencio, pero su vida resuena con fuerza en el corazón de la Iglesia. Fue elegido para custodiar el misterio más grande: Dios hecho hombre. Su vida fue una continua oblación, una escuela de virtud para Jesús, y un refugio para la Virgen María. En él se cumple la profecía: “El justo florecerá como la palmera” (Sal 92,13). Su tránsito es modelo de muerte cristiana, y por ello es invocado como el patrono de la buena muerte.
Santa Teresa de Jesús de Ávila, mientras vivió se dedicó a promover la devoción a San José con fervor, lo consideraba patrono de la buena muerte, afirmando: “No recuerdo hasta ahora haberle pedido cosa que no me haya concedido. ¡Qué gran santo es este glorioso San José!”
Sobre la devoción que le tenía a San José escribió la Santa de Ávila: “Tomé por mi abogado y señor al glorioso San José y me encomendé sinceramente a él; y descubrí que este mi padre y señor me libró tanto de este problema como de otros problemas mayores relacionados con mi honor y la pérdida de mi alma, y que me dio mayores bendiciones de las que podía pedirle.”
Como gran devota escribió: “Quien no encuentra maestro que le enseñe oración, tome a este glorioso santo por maestro y no errará en el camino.” y “No sé cómo alguien puede pensar en la Reina de los Ángeles, durante tanto tiempo, sin agradecer a San José por los cuidados que le dio.”
Los Papas de la Iglesia Católica también han sido muy devotos de San José como el Papa León XIII que escribió: “José fue verdaderamente el custodio de la Sagrada Familia, y por ello es justo que sea considerado el protector de la Iglesia universal.”
El Santo Padre San Juan Pablo II nos dijo: “San José es el hombre justo por excelencia, que nos enseña que la fe se vive en lo cotidiano, en el silencio, en el trabajo, en la obediencia.”
Que el ejemplo de San José inspire a los padres, trabajadores, y a todos los que viven en lo oculto, sabiendo que en lo pequeño y silencioso se puede abrazar lo eterno. San José, protector de la Iglesia, ruega por nosotros.
Autoría: Karla Patricia Rouillon Gallangos.
ORACIONES A SAN JOSÉ
FLORECILLAS EN HONOR A SAN JOSÉ
A VOS, BIENAVENTURADO SAN JOSÉ
A Vos, bienaventurado San José, acudimos en nuestra tribulación; y, después de invocar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio.
Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, os tuvo unido, y Por el paterno amor con que abrazasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos volváis benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con vuestro poder y auxilio socorráis nuestras necesidades.
Proteged, oh providentísimo Custodio de la Sagrada Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y corrupción; asistidnos propicio, desde el Cielo, fortísimo libertador nuestro en esta lucha con el poder de las tinieblas; y, como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús del inminente peligro de su vida, así, ahora, defended la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio, para que, a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir y piadosamente morir y alcanzar en el Cielo la eterna felicidad.
Amén.
GLORIOSO SAN JOSÉ
Glorioso San José, protector,
modelo y guía de las familias cristianas:
Te ruego protejas a la mía.
Haz reinar en ella el espíritu de fe y de religión,
la fidelidad a los mandamientos de Dios y de la Iglesia,
la paz y la unión de los hijos,
el desprendimiento de los bienes temporales
y el amor a los asuntos del cielo.
Dígnate velar sobre todos nuestros intereses.
Ruega al Señor que bendiga nuestra casa.
Otorga la paz a la familia,
acierto a los hijos en la elección de estado.
Concede a todos los miembros de nuestra familia
y de todas las familias de la tierra,
la gracia de vivir y morir
en el amor de Jesús y de María.
Amén.
ORACIÓN DE CONSAGRACIÓN AL SANTO PATRIARCA SAN JOSÉ
Cada día 19 de mes... recordemos Consagrarnos al Santo Patriarca San José.
Oh San José, Padre amantísimo de mi alma y dueño de mi corazón, en este día 19, consagrado a contemplar tu grandeza y tu poder, te miro con los ojos de la fe en el sitial de gloria en que quiso colocarte la Trinidad Beatísima.
Al verte tan lleno de luz y resplandor, me animo a sobrellevar con resignación mis sufrimientos, ya que veo que los tuyos te dieron tal recompensa. Hazme comprender, Santo mío, que tu exaltación sobre los ángeles y querubines se debió a tu profunda humildad y anonadamiento, a fin de que no busque ni las glorias ni las vanidades del mundo.
Si te veo coronado como un Rey en el Palacio de la gloria, no sólo me admiro de tu poder, sino que también abro mi corazón a la confianza; porque sé que eres bueno y comprensivo con todos tus devotos.
Dirige, oh Padre mío, una mirada de predilección a mi pobre alma, alcánzame del cielo tus santas virtudes, especialmente la humildad, la sencillez, la pureza y la caridad, a fin de que un día como amartelado devoto tuyo, pueda participar de tu gloria y bienaventuranza en el cielo. Así sea.
Haz, oh San José, que nuestra vida se vea libre del pecado y que siempre esté bajo tu patrocinio.
Rezar un Padrenuestro, Ave María y Gloria.
SÚPLICA A SAN JOSÉ
San José, dulcísimo y Padre amantísimo de mi corazón,
a ti te elijo como mi protector en vida y en muerte;
y consagro a tu culto este día,
en recompensa y satisfacción de los muchos
que vanamente he dado al mundo, y a sus vanísimas vanidades.
Yo te suplico con todo mi corazón
que por tus siete dolores y goces me alcances
de tu adoptivo Hijo Jesús y de tu verdadera esposa, María Santísima,
la Gracia de emplearlos a mucha honra y gloria suya,
y en bien y provecho de mi alma.
Alcánzame vivas luces para conocer la gravedad de mis culpas,
lágrimas de contrición para llorarlas y detestarlas,
propósitos firmes para no cometerlas más,
fortaleza para resistir a las tentaciones,
perseverancia para seguir el camino de la virtud;
particularmente lo que te pido en esta oración
(hágase aquí la petición)
y una cristiana disposición para morir bien.
Esto es, Santo mío, lo que te suplico;
y esto es lo que mediante tu poderosa intercesión,
espero alcanzar de mi Dios y Señor,
a quien deseo amar y servir,
como tú lo amaste y serviste siempre,
por siempre, y por la eternidad.
Amén.
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Que Dios les conceda, a través del Arcángel San Miguel, las Gracias que necesiten.
Que Dios les conceda a todos la Gracia de una verdadera conversión y una sincera confesión.
Karla Rouillon Gallangos
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