El Año Litúrgico de la Iglesia Católica es un camino espiritual que organiza la vida de los fieles en torno a los grandes misterios de la fe.
El Año Litúrgico es una pedagogía espiritual que guía al creyente en un proceso de conversión y crecimiento interior. Con sus ciclos de preparación, celebración y contemplación, ofrece un marco para que la comunidad cristiana viva en unidad y esperanza, recordando que la vida cotidiana se ilumina desde el misterio pascual; de esta manera, el calendario litúrgico se convierte en un verdadero itinerario de fe, donde cada celebración es una oportunidad para renovar la relación con Dios y con la Iglesia.
El año litúrgico no sigue exactamente el calendario civil, sino que organiza la vida de la Iglesia en torno a los misterios de Cristo y la historia de la salvación. Comienza con el tiempo de Adviento y culmina con la solemnidad de Cristo Rey.
A lo largo del Año Litúrgico, la Iglesia invita a recorrer, año tras año, la historia de la salvación, reviviendo la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.
Se estructura en ciclos y tiempos litúrgicos que conmemoran los principales misterios de la vida de Cristo: Adviento, Navidad, Tiempo Ordinario, Cuaresma, Pascua y Pentecostés, cada uno con su propio sentido espiritual, celebraciones y colores litúrgicos. Cada tiempo posee un color, un ritmo y unas celebraciones propias que ayudan a profundizar en la experiencia cristiana.
Hoy les hablaré sobre el Primer Tiempo del Año Litúrgico: El Adviento.
EL ADVIENTO
El Adviento es el tiempo litúrgico que inaugura el año cristiano, marcando un período de espera activa, contemplativa y profundamente esperanzada.
La palabra “Adviento” proviene del latín adventus, que significa “venida” o “llegada”, y en este contexto se refiere a la triple venida de Cristo: su nacimiento en Belén, su presencia constante en la vida de los creyentes, y su retorno glorioso al final de los tiempos. Durante las cuatro semanas que preceden a la Navidad, la Iglesia invita a los fieles a preparar el corazón para recibir al Salvador, no solo como un recuerdo histórico, sino como una realidad viva que transforma la existencia.
Este tiempo se caracteriza por una espiritualidad de vigilancia, conversión y esperanza.
La liturgia adopta el color morado, símbolo de penitencia y recogimiento, y se suprimen los cantos de gloria para subrayar el tono de espera. La Iglesia espera de los cristianos una actitud de apertura interior, de silencio fecundo, de oración más intensa y de caridad activa. Es un tiempo para revisar la vida, para reconciliarse, para encender la lámpara de la fe y caminar hacia el misterio de la Encarnación. La corona de Adviento, con sus cuatro velas encendidas progresivamente, se convierte en un signo visible de esta espera luminosa.
Los santos han escrito con profundidad sobre el Adviento, revelando su riqueza espiritual. San Bernardo de Claraval hablaba de las tres venidas de Cristo: en la carne, en el alma y en la gloria, y enseñaba que el Adviento es el tiempo para preparar la morada interior donde Cristo desea nacer. San Juan Pablo II lo definía como “el tiempo de la presencia y de la espera”, y exhortaba a vivirlo como una oportunidad para renovar la esperanza en medio de las oscuridades del mundo. Santa Teresa de Lisieux, con su sencillez, veía en el Adviento una ocasión para confiar en la ternura de Dios que se acerca como Niño.
El Adviento no es una simple antesala de la Navidad, sino un tiempo fuerte que educa el corazón en la paciencia, en la humildad y en la vigilancia. Nos recuerda que Dios no irrumpe con estruendo, sino que llega en lo pequeño, en lo oculto, en lo cotidiano. Es un tiempo para aprender a reconocer sus pasos en la historia, para dejar que la Palabra se haga carne en nosotros. En medio del ruido del mundo, el Adviento propone una pedagogía del silencio, una liturgia de la espera, una espiritualidad del anhelo. Así, cuando llegue la Navidad, el corazón estará verdaderamente dispuesto a acoger al Emmanuel, el Dios con nosotros.
El beato dominico Santiago de la Vorágine, célebre por su obra La Leyenda Dorada, ofreció una interpretación profunda y simbólica del tiempo de Adviento. Para él, las cuatro semanas que componen este período no eran simples divisiones cronológicas, sino un itinerario espiritual que reflejaba las cuatro venidas de Cristo. La primera es la Encarnación, acontecida en la historia, cuando el Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de la Virgen María y nació en Belén. Este misterio es el fundamento de la fe cristiana, pues en él Dios se acerca a la humanidad de manera definitiva y transformadora.
La segunda venida, según Santiago de la Vorágine, se realiza en el alma del creyente. Cristo no solo vino en la historia, sino que sigue viniendo espiritualmente a cada corazón que se abre a su gracia. Adviento, en este sentido, es un tiempo de preparación interior, de purificación y de acogida, donde el creyente se dispone a recibir al Señor en la oración, en los sacramentos y en la vida cotidiana. La Iglesia espera que los fieles vivan este tiempo con vigilancia y esperanza, conscientes de que la presencia de Cristo es continua y transformadora.
La tercera y la cuarta venida completan la visión del beato dominico: Cristo llega en el momento de la muerte, cuando cada alma se encuentra con Él como juez y redentor, y finalmente vendrá en gloria al final de los tiempos, para instaurar definitivamente su Reino. Estas dos dimensiones recuerdan que el Adviento no es solo preparación para la Navidad, sino también para la consumación de la historia. Así, las cuatro semanas de Adviento se convierten en un camino pedagógico que abarca pasado, presente y futuro, invitando al creyente a vivir en la memoria agradecida, en la presencia activa y en la esperanza confiada de la plenitud que vendrá.
Autora: Karla Rouillon Gallangos
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Que Dios les conceda, a través del Arcángel San Miguel, las Gracias que necesiten.
Que Dios les conceda a todos la Gracia de una verdadera conversión y una sincera confesión.
Karla Rouillon Gallangos
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